martes, 14 de noviembre de 2017

OSWALD SPENGLER

Resultado de imagen para OSWALD SPENGLEROswald Spengler no fue, en rigor, un filósofo nacionalsocialista, en el sentido en que lo fueron otros, contemporáneos del III Reich y entusiastas partidarios suyos, como Rosenberg, Darré o Baumler; o anteriores a él, como Nietzsche, Wagner o Gobineau. Jamás suscribió sin reservas la ideología nacionalsocialista, en todo su fundamento teórico sociopolítico, en todo su Weltanschauung, en toda su concepción del mundo o siquiera en todas las medidas políticas inmediatas de las que fue testigo. No pudo influir en Hitler, ya que cuando sus escritos más decisivos alcanzaron a ver la luz, el futuro Führer había completado ya su formación intelectual y se disponía a entrar en la historia de Alemania y del mundo. Mucho menos pudo Hitler influir en Spengler, que sólo acertó a ser el espectador impotente de su lucha y de su ascenso, sin llegar siquiera a presenciar —aunque la intuyese— su posterior caída.
Hablar pues de la identificación, o en su lugar de la dicotomía, que pudiese haber entre la filosofía spengleriana y la doctrina nacionalsocialista resulta casi pura especulación, toda vez que el nacionalsocialismo todavía no se ha estudiado en toda su puridad, como sistema independiente y orbicular, como padre de nuevos valores indefinibles para la mentalidad burguesa clásica; en todo caso, a lo más que         se ha llegado es a establecer su filiación nietzscheana y a vislumbrar algunos de sus más próximos objetivos teóricos y filosóficos. Poco más sabe la pseudo-cultura oficial de Spengler, a quien considera reaccionario y ha relegado al olvido y anatematizado porque cayó en la heterodoxia al combatir al positivismo y fulminar despiadadamente las más difundidas tesis del progresismo y su interpretación materialista de la historia y la cultura.
Empero, hoy, a los cuarenta años de la muerte de Spengler y a los treinta de la de Hitler, no resulta demasiado aventurado relacionar sus respectivas concepciones del mundo, tanto en su pensamiento general como en su actuación más inmediata, pues la perspectiva y el tiempo han venido a demostrar que ambos formularon interpretaciones similares y complementarias de su época, del significado de ésta en el devenir de la historia universal, y, al cabo, de la historia misma. Y lo que es más importante, en el aspecto político, llegaron a las mismas conclusiones al juzgar los factores de la decadencia del mundo occidental, llegando, a través de esta clarificación, a idénticos presupuestos para su eventual solución. En este sentido, únicamente mediante una somera incursión por la doctrina spengleriana y algunos aspectos de la propia actuación de Spengler, podemos hoy, transcurrido ese tiempo, conocer el grado de relación que existió con el nacionalsocialismo y sentar las bases para un futuro y más profundo estudio que nos lleve a conclusiones que ahora sólo podemos entrever.
Oswald Spengler, contrariamente a los que las reiteradas acusaciones de “reaccionario” que han pesado sobre él y sobre su obra pudieran insinuar, era el hijo de un minero de la comarca del Harz. Nacido en Blakenburg en 1880, universitario en Halle, Munich y Berlín, do­torado en filosofía con una tesis sobre Heráclito, fue el maestro de escuela perdido en el anonimato que sólo llegó a la popularidad con la publicación de su obra más famosa, “La decadencia de Occidente”, que rápidamente alcanzó grandes tiradas, pero que en contrapar­tida no fue comprendida en relación al entusiasmo con que fue acogida por su primer público, los alemanes de la primera guerra mundial, que se debatían en la gran tensión espiritual de su época y en la identificación del más inmediato destino de Alemania con la finalidad última de la cultura occidental.
La “Decadencia” venía a asestar, en primer lugar, un intenso y certero golpe sobre las interpretaciones materialistas de la Historia, singularmente el progresismo. El progresismo sostenía y sostiene, puesto que hoy ha llegado a una difusión todavía mayor el desarrollo lineal de la historia y de la cultura mediante un interminable proceso evolutivo que conduciría a la humanidad desde un primer estadio de barbarie y pritivez hasta cotas nunca imaginadas de felicidad, paz, progreso y desarrollo. Todo pasado era abominable, y todo futuro, deseable y prometedor. No existía una tradición que legara al hombre una cadena de valores y sobre su base sistemas de vida perfeccionados tendentes a la perfección, no existía en el pasado nada que no pudiera ser sobrepasado por el futuro. Esta interpretación absurda y materialista, que sólo atendía a un hipotético desarrollo de la humanidad desligado de toda concepción espiritual, llegaba pues a una conclusión inaceptable desde una óptica no materialista: la constante transformación, en un sólo sentido positivo, del hombre, desde la nada hasta la suma perfección. No podía admitir, en consecuencia, que no hubiera existido más que una única cultura, con un único desarrollo.
Spengler, por el contrario, sostenía en la “Decadencia” que toda  cultura seguía un proceso orgánico y, en consecuencia, afirmaba la pluralidad de las culturas. Toda cultura, según él, es equiparable a cualquier cuerpo vivo, a cualquier organismo vital, que nace, vive y muere siguiendo unas leyes biológicas prefijadas de antemano. Toda cultura, tras su nacimiento, pasa por estadios de esplendor primero y de decadencia después, para llegar por fin a la muerte; una muerte irrevocable e inevitable, pero nunca una muerte total, puesto que al extinguirse esa cultura transmitiría a los hombres de la siguiente buena parte de su patrimonio y de sus conquistas —lo que nosotros denominamos Tradición—. Así, pese a las diferencias de localización y de época, de espacio y de tiempo, todas las culturas conservaban una estructura idéntica. A través del estudio, que él efectuaba por primera vez con un sentido morfológico de la historia, del “pathos” de las anteriores culturas, nacidas de manera ignorada y misteriosa, conquistadoras de los mayores cénits espirituales y enfermadas al cumplir su propio ciclo para desaparecer en el devenir histórico, Spengler creía poder adivinar a largo plazo el mismo destino de Occidente. La fuente espiritual de nuestra cultura está en su voluntad de vida inmaterial, irracional e intuitiva; ella es la que produce todo signo externo, todo mito y toda alegoría de lo eterno, y a la vez todo resultado y toda realización práctica de la cultura. Al progresivo abandono de este sentido idealista de la vida corresponde la progresiva entrada en el perído de decadencia de la cultura, llamado civilización, etapa en la que un acelerado desarrollo técnico no se relaciona con algún desarrollo espiritual. A partir del racionalismo, los factores materiales, la técnica primero y luego el dinero, la economía (Spengler, definiría nuestro mundo como “dominado por las formas económicas”) introdujeron a nuestra cultura en su periodo de “civilización”, que sólo se resolverá, para Spengler, con una época de grandes catástrofes —este apartado es el que ha traído mayores críticas—, concluyendo todo en el “cesarismo”, etapa en la cual la humanidad, polarizada en torno a Césares absolutos, se transformará en inmensos ejércitos que combatirán unos contra otros hasta su total aniquilamiento. Si esta teoría del “catastrofismo” es absolutamente exacta o no; si la época del “cesarismo” se corresponde con la segunda guerra mundial y sus “Césares” políticos, son cuestiones que estas modestas líneas no pretenden dilucidar, sino algo que en el propio discurrir del tiempo histórico se determinará.
Se comprende perfectamente que las teorías plasmadas en “La decadencia de Occidente” hallarán un eco potentísimo en el marco de la primera guerra mundial; pero el propio Spengler debió salir al paso y desmentir las interpretaciones pesimistas y casi “hipocondríacas”. En un posterior ensayo, “¿Pesimismo?”, escribía: “El error casi universal que hasta ahora ha producido mi libro es en parte el epifenómeno, que hace acto de presencia en cualquier estado espiritual necesario a todo modo de pensar, el cual se manifiesta no sólo por sus resultados, sino también por sus métodos y sobre todo por su imagen totalmente nueva de las cosas que es considerada antes que dichos métodos. Los errores se van acumulando cuando por una encadenación de casualidades un libro semejante llega a estar de moda entre los hombres cuyo pensamiento no pudo se preparado anticipadamente hacia estos años por una literatura intermediaria, y se sienten súbitamente con una doctrina de la que por lo pronto sólo les es accesible su faceta negativa”. Y acababa por descalificar a los “hombres que confunden la decadencia de la antigüedad con el hundimiento de un transatlántico. La palabra no implica la idea de una catástrofe; significa, en vez de hundimiento, perfección, palabra que se alía con el pensamiento de Goethe en un sentido totalmente definido. Así es eliminado por ahora el lado pesimista, sin el cual el sentido auténtico de la idea sufriría una tergiversación completa”.
“La decadencia de Occidente”, comprendida parcial o completa­mente por sus lectores, alcanzó sin embargo grandes tiradas de ejemplares y su influencia empezó a cobrar importancia en la Alemania de la guerra y todavía creció más después de la derrota, pues se tendía, con bastante equívoco, a identificarla con el mismo título de la obra. Pero ¿cómo había discurrido la vida de Spengler en aquel tiempo? indudablemente, su condición a la vez sencilla y orgullosa, genial y original, le condujo a ser definido por sus enemigos de una manera casi idéntica a como lo sería el propio Hitler. Acudiremos para ello a dos testimonios.
Según Alastair Hamilton, “Oswald Spengler, un solterón solitario, un desdichado, misógino, misántropo e irritable, víctima de continuas jaquecas, de corazón débil, mala vista y que sufría de insomnia, dejó su carrera de maestro de escuela para poder escribir este libro. Escribió durante la primera guerra mundial en medio de la mayor penuria, pero al cabo de pocos meses después de la publicación de su obra se convirtió en una de las figuras más famosas e influyentes de Alemania. Por decisión firme, Spengler jamás replicó a las críticas y raramente aparecía en público. Orgulloso de identificarse a sí mismo con Herostratos y Tiberio, símbolos de la megalomanía frustrada, el auto odio y la impotencia que lo obsesionaban, envidiaba “a todo el que vivía”. (...) Debido a su mal estado de salud su vida de hombre de acción fue una frustración contínua. Fue considerado inútil para el servicio militar durante la guerra y el “arrebato de la batalla”, el dolor de la violencia, que describió en su relato corto Der Sieger, en 1910, estuvo destinado a permanecer sólo en su imaginación”.
Todavía más radical en sus apreciaciones, Richard Hanser afirma:
“Gran parte de lo que Spengler dijo que ocurriría, ocurrió realmente. Pero, a pesar de su aire de profundidad científica y frio análisis, Spengler estaba hechizado por muchos de los mismos conceptos y clichés nacionalistas que han impregnado el pensamiento germánico durante genraciones. Hijo de un funcionario inferior de la administración de Correos (sic), respetaba la casta y la jerarquía, y hablaba de “raza” y “sangre” como cualquier fanáticó vólkisch. Inepto para el servicio militar a causa de un corazón débil y de su miopía, glorificaba la guerra y celebraba el genio bárbaro del germano, “el hombre-bestia-de-presa” que tenía derecho a apoderarse del mundo. Doctor en filosofía y antiguo maestro de escuela, desdeñaba la razón y abogaba por un rotundo irracionalismo, como los histéricos del grupo cósmico, fiando, como ellos, en la “percepción” y la “intuición”. Su libro estaba acribillado de inconsistencias y contradicciones, y repleto de dogmatismo reaccionario. Pero su influencia había de ser enorme, y ello le ayudó a difundir e intensificar las actitudes y prejuicios que hicieron posible la aparición del César, cuya venida predecía Spengler con tanta seguridad”. Y concluye, de la manera más interesante para la demostración de nuestras tesis: “Gran parte de lo que Oswald Spengler pronosticó, Adolf Hitler había de convertirlo en realidad”.
A los 30 años, ese Spengler descrito exageradamente, con notoria distorsión, por “historiadores” parcialistas, pero a cuyo través hemos podido atisbar en el intelectual ya madurado y preparado para entrar en acción, tomó su primer contacto con la política. Si la crisis norteafricana de 1911, puestos en juego los intereses coloniales de Alemania en esa zona, atrajo en primer lugar la atención de Spengler —siempre concedió gran importancia a la política colonial—, el estallido de la primera guerra mundial determinó su entrada definitiva en la escena de la política alemana y europea. En el prólogo a la primera edición de la “Decadencia”, escribió con pulso firme: “Réstame únicamente expresar el deseo de que este libro no desmerezca por completo de los esfuerzos militares de Alemania”.
El gran pensador alemán, en un momento crucial en que los intelectuales y los artistas europeos habían apostado por el pacifismo y el horror ante la guerra de 1914 —baste recordar la poco heroica actitud de Romain Rolland—, aplaudió su inicio como el medio por el cual Alemania, que había sido ahogada poco a poco por las grandes potencias europeas, podía liberar sus más profundos instintos nacionales y raciales, y combatir a la vez contra el mundo decadente nacido a raiz de la Revolución Francesa, que había conducido a la cultura occidental faústica al más penoso estadio de consunción histórica. En realidad, esta postura no era sino el resultado de llevar a sus últimas consecuencias y aplicar a la política práctica y de realidades el pensamiento radical de Nietzsche, de quien Spengler podía considerarse acertadamente como su más fiel heredero y su más inmediato sucesor en la árdua tarea de integrar concepción filosófica, deducción histórica y acción política en un Weltanschauung puramente germánico y ario-occidental. Si bien otros intelectuales, como por ejemplo Hermann Hesse, habían adoptado la misma postura que Spengler res­pecto . al conflicto bélico y sus consecuencias histórico-políticas, fue a éste a quien le cupo polarizar los ataques por parte de aquellos escritores que, tarde o temprano, iban a renegar de la interpretación tradicional, irracionalista, de la cultura y de la historia. Thomas Mann, que pasaría con el triunfo del nacionalsocialismo a engrosar la lista de autores anti-alemanes, y que en un principio se había referido favorablemente a la “Decadencia”, de la que había dicho, en sus “Politische Schriften”, que era “el producto de una energía inmensa y una no menor fuerza de voluntad, que va muy lejos en el campo del conocimiento”, afirmando que recordaba la obra capital de Arthur Schopenhauer “El mundo como voluntad y representación”, tomó partido contra Spengler, tachándolo en sus cartas de imitador de Nietzsche —lo que para él debió ser un halago—, y viendo en él un “derrotista de la humanidad”, según escribió en un opúsculo dedicado al gran pensador titulado “Ueber die Lehre Spenglers”.
La derrota de 1918 y la subsiguiente caída de la monarquía y de su respaldo social, el prusianismo, supuso para Spengler el derrumbarse de un mundo casi ideal, un golpe terrible e inesperado que determinó su integración en el movimiento nacional-racial (vólkisch) frente a la revolución izquierdista. Para Spengler, al igual que para Hitler, la derrota no surgió de un supuesto agotamiento de la potencia militar o económica de Alemania, sino de los elementos subversivos que habían desencadenado la revolución, asestando al II Reich una puñalada por la espalda (Dolchloss). Se trataba, como escribiría más tarde, de la “traición infligida por la parte inferior de nuestro pueblo a la parte vigorosa e intacta que se alzó en 1914 porque quería y podía tener un futuro”.
Spengler adoptó, pues, el firme propósito de luchar con todos sus esfuerzos contra la naciente República de Weimar. “Prusianismo y socialismo”, ensayo publicado a fines de 1919, constituía un primer intento serio de aglutinar ideológicamente a todas las fuerzas de la oposición nacional, desde la derecha burguesa hasta el nacionalsociahsmo revolucionario. Sin embargo, él se mantenía en una postura relativamente reaccionaria, pues aspiraba al restablecimiento de la monarquía como única fuerza capaz de llevar a la práctica “desde arriba” sus ideales. En “Prusianismo y socialismo”, el pensador abogaba por la instauración de una sociedad vertical, jerárquica, esencialmente anti­democrática, que resucitaría el viejo tipo del guerrero germánico, y basándose en la doctrina militarista prusiana, se adentraba en un cor­porativismo social que sería el común punto de partida del fascismo y del nacionalsocialismo. En la base de la estructura social, existirían según Spengler, unas “entidades corporativas locales organizadas de acuerdo con la importancia de cada profesión en su totalidad; habría representaciones más elevadas, por etapas, hasta llegar a un consejo supremo del Estado; los mandatos serían revocables en todo tiempo. No habría partidos organizados como tampoco políticos profesionales ni elecciones periódicas”. Una estructura orgánica, coronada en la cúspide por un Führer (ya que así lo requería la verdadera tradición prusiana), suplantaría pues al sistema liberal-democrático, invertebrado, inorgánico, amorfo y al servicio de las fuerzas subversivas antialemanas, tanto exteriores —las potencias vencedoras de Versalles, que ahogaban a Alemania con sus triunfos económicos y sus imposiciones políticas y militares — e interiores — los círculos financieros judíos y los grandes trusts industriales—. Los prototipos de esta nueva Alemania soñada por Spengler y un gran número de nacionalistas de la derecha, serían, al igual que los del nacionalsocialismo, el soldado y el campesino, que ensamblan la vieja tradición germánica con un nuevo socialismo, un socialismo de corte “prusiano”, que era el único posible para Alemania. Comprometido con la derecha liberal, Spengler prestó en un principio escasa atención al incipiente Partido nacionalsocialista, al que juzgaba, pese a su militarismo, demasiado “infantil” por sus mítines y desfiles, y excesivamente optimista por su moral de victoria. Esperaba encontrar una gran acogida en esa derecha; como muestra de ello el almirante Tirpitz le había escrito felicitándole por su ensayo “Prusianismo y socialismo” y deseando que las ideas allí expuestas “pudieran hallar respuesta en la clase obrera infectada por el marxismo”. Pero fracasó en sus intentos de llegar a un acuerdo con los industriales derechistas para controlar algún periódico bávaro de gran circulación o incluso para fundar uno propio. Igualmente fueron condenados al fracaso las esperanzas de influir en su propio sentido a los políticos de Weimar, como Gustav Stresemann, Walther Rathenau —de quién luego, por su fanático republicanismo, se convirtió en enemigo— o el general Otto von Seeckt, organizador del Reichswehr, el ejército de entreguerras.
En 1923, la derecha católica y conservadora de Baviera creyó ver llegado el momento de iniciar la rebelión contra el rojo y republicano Berlín, y para ello comprometió a todas las fuerzas activas hostiles a la República de Weimar, en especial los cuerpos francos y la organización de excombatientes “Cascos de Acero” y convenció a Ludendorff —como la figura más prestigiosa de la oposición nacional, pese a su anticristianismo doctrinario— y a Hitler para unirse al golpe de Estado que derrocaría la república primero en Munich y luego en toda Alemania.
Spengler no podía ser ajeno a un intento de tal envergadura y que podía eventualmente, conducir a la realización de sus propias teorías políticas. Richard Hanser escribe: “Incluso el filósofo Oswald Spengler estaba complicado en la intriga y subversión preliminares a un Putsch. Como Hitler en el hospital de Pasenwalk, Spengler había también llorado en 1918 al tener noticia de la capitulación de Alemania. Al igual que Hitler, también él había resuelto meterse en política para hacer lo que pudiera con objeto de impedir la decadencia de Occidente. Pero apoyaba al incoloro Gustav von Kahr. Tan profundamente estaba implicado Spengler een el complot para derrocar a la república, que acudía a mitines secretos, escribía cartas en clave a otros conspiradores y se veía a sí mismo como ministro de Cultura o jefe de Prensa en la inminente dictadura”. Una semana antes del Putsch, Spengler escribió:
“Es hora ya de que el ala derecha acabe de organizarse y pase a la acción”.
Hitler y Ludendorff, al contrario de los derechistas, no pretendían restaurar la monarquía, sino implantar una dictadura que preparase el camino para el futuro desarrollo de la revolución nacional y la construcción del III Reich. Sin embargo, la noche del 8 al 9 de noviembre de 1923, fecha elegida para el golpe de Estado por coincidir con el aniversario de la capitulación de 1918, se vieron abandonados por sus aliados monárquicos y debieron ser las SA nacionalsocialistas, las que debieron hacer frente a la policía del Estado. Dieciséis nacionalsocialistas cayeron frente al Feldherrnhalle de Munich; el más prestigioso poeta e intelectual del Partido, Dietrich Eckart, fue herido y murió al poco tiempo a consecuencia de ello; Ludendorff y Hitler, que no resultaron heridos de pura casualidad, pues se hallaban al frente de sus tropas, fueron juzgados. Ludendorff resultó absuelto y Hitler condenado a una pena de prisión, durante la cual escribiría “Mein Kampf”, en cuyas páginas aparecen teorías en bastantes ocasiones paralelas a las del propio Spengler. El resultado del Putsch trajo como consecuencia el apartamiento definitivo de la derecha burguesa por parte del nacionalsocialismo y un progresivo acercamiento a éste por parte de Spengler. El triunfo del fascismo italiano en 1922 ya había supuesto para él una experiencia positiva. Más tarde, en “Años decisivos” escribió: “El pensamiento creador de Mussolini ha sido grandioso... Lo que anticipa el futuro no es la existencia del fascismo como partido, sino tan sólo la figura de su creador, Mussolini no es un jefe de partido, aunque antes fuera jefe obrero, sino el señor de su país... Mussolini es ante todo estadista, gélido y escéptico, realista y diplomático. Gobierna realmente solo. Lo ve todo, capacidad la más rara en un soberano absoluto. El mismo Napoleón estaba aislado por los que le rodeaban”. Y concluía: “Mussolini es un hombre señorial como los condontieros del Renacimiento, que entraña toda la astucia meridional de la raza y calcula así el teatro de su movimiento de un modo exactamente adecuado al carácter de Italia —la patria de la ópera—, sin embriagarse nunca él mismo, cosa de la que Napoleón no estaba del todo libre y que perdió, por ejemplo, a Rienzi. Cuando Mussolini invoca el modelo prusiano tiene razón: es más afín a Federico el Grande, e incluso a su padre, que a Napoleón, para no citar ejemplos menores”. Y un año después del triunfo del fascismo, Spengler refrendó su simpatía por éste con una visita a Mussolini.
En 1924, Spengler publicó “Neubau des deutschen Reiches”, esto es, “Reedificación del Reich alemán”, en la que exponía presupuestos doctrinales muy cercanos al nacionalsocialismo y condenada todos los obstáculos antialemanes en el camino de la construcción del III Reich: “La más peligrosa de todas las tendencias antialemanas es la tendencia a soñar con el pacifismo y en el internacionalismo; el sentimiento de autoridad, poder y éxito esta profundamente arraigado en el carácter alemán”. Gregor Strasser, que a raíz del encarcelamiento de Hitler se convirtió en uno de los dirigentes del Partido, entabló contacto con Spengler, y en una carta dirigida a éste le significó que dicho ensayo era “un hecho político altamente constructivo y práctico en el que veo una profunda relación con nuestros objetivos”. Ante las elecciones presidenciales de 1932, Spengler afirmó: “Si voto por alguien será por Hitler... Sólo Hitler y Hindemburg pueden ser tomados en consideración”, y según Alastair Hamilton, cuya opinión contraria a Spengler y al nacionalsocialismo ya conocemos, “cuando Hitler y sus partidarios desfilaron en Munich, después de las elecciones, Spengler y su hermana colgaron banderas con cruces gamadas en sus ventanas... En las elecciones de junio, Spengler de nuevo volvió a dar su voto a Hitler”. Y refiriéndose ya a 1933: “En julio, Hitler le concedió una entrevista. La reunión, organizada por la señora Else Knittel, en Bayrueth, duró hora y media, y los dos hombres coincidieron, a su juicio, en lo que se refería a la política alemana con respecto a Francia, y ambos lamentaron la mediocridad de las figuras rectoras de la Iglesia Evangélica. La entrevista terminó con la afirmación de Hitler de que consideraba “muy importante para los que estaban fuera del partido, el que se dejaran convencer a una política alemana”. Confiaba, según dijo, en tener la oportunidad de mantener otras entrevistas con Spengler en Munich”.
En 1933 aparecía “Años decisivos”, cuyo primer título, “Alemania en peligro”, fue cambiado por el propio Spengler para evitar equívocos, y en su introducción, Spengler saludaba de esta manera el advenimiento del nacionalsocialismo: “Nadie podía anhelar más que yo 4a subversión nacional de este año. Odié, desde su primer día, la sucia revolución de 1918, como traición infligida por la parte inferior de nuestro pueblo a la parte vigoroso e intacta que se alzó en 1914 porque quería y podía tener un futuro. Todo lo que desde entonces he escrito sobre política ha sido contra los poderes que se habían atrincherado en la cima de nuestra miseria y nuestro infortunio, con ayuda de nuestros enemigos, para hacer imposible tal futuro. Cada línea debía contribuir, y espero que así haya sido, a su caída. Tenía forzosamente que advenir algo, en una forma cualquiera, que librase de su pesadumbre a los más hondos instintos de nuestra sangre, si habíamos de participar con la palabra y con la acción en las decisiones venideras del acontecer mundial y no tan sólo ser sus víctimas. El magno juego de la política mundial no ha terminado. Es ahora cuando mayores apuestas se arriesgan. Para cada uno de los pueblos vivos es cuestión de grandeza o aniquilamiento. Pero los acontecimientos de este año nos dan la esperanza de que si tal dilema no está ya resuelto para nosotros, volveremos a ser alguna vez —como en la época de Bismarck— sujeto, y no tan sólo objeto de la historia. Son décadas grandiosas las que vivimos; grandiosas, esto es, terribles e infaustas”. Y en síntesis: “La subversión nacional de 1933 ha sido algo grandioso y seguirá siéndolo a los ojos del porvenir, por el ímpetu elemental, suprapersonal con el que se cumplió y por la disciplina anímica con la que fue cumplida. Ha sido algo total y absolutamente prusiano, como el levantamiento de 1914, el cual transformó en un instante las almas. Los soñadores alemanes se irguieron serenos, con impotente evidencia, y abrieron un camino al futuro”.
“Años decisivos” es, si cabe, un complemento político y sociológico de la “Decadencia”, donde se analizan las causas mismas del proceso decadente de Occidente en su etapa postrera. Spengler, entendía, de manera clarividente, que la aparición de la dogmática enciclopédica y del racionalismo suponía el fin del estilo intuitivo y perceptivo, a cuyo través el conocimiento no discursivo, el verdadero conocimiento de nuestra Tradición, había engendrado la cultura fáustica y la había llevado a su máximo esplendor, en un tiempo cuya vigencia de las doctrinas oscurantistas, encabezadas por el racionalismo, no reconocían. Spengler formula un análisis magistral del racionalismo, imprescindible a todo pensamiento sociopolítico e histórico moderno de tendencia idealista:
“(El racionalismo) Es el orgullo del espíritu urbano desarraigado, no guiado ya por ningún instinto fuerte, que mira de alto abajo, con desprecio, al pensamiento pletórico de sangre del pasado y a la sabiduría de las viejas razas campesinas. Es la época en que todo el mundo sabe leer y escribir y por ello quiere intervenir en todo, y todo lo entiende mejor. Este espíritu esta poseído por los conceptos, los nuevos dioses de esta época, y critica el mundo: el mundo no vale nada; podemos hacerlo mejor; pongamos, pues, manos a la obra y formule­mos el programa de un mundo mejor. Nada más fácil cuando se tiene ingenio. Ya se realizará luego por sí solo. Entretanto llamamos a esto progreso de la Humanidad”. Tiene un nombre, luego existe. Quien lo duda es un ser limitado, un reaccionario, un hereje, y, sobre todo, un hombre sin virtud democrática. ¡Quitemosle de en medio! El miedo a la realidad ha sido así vencido por la soberbia intelectual, por la presunción nacida de la ignorancia de todas las cosas de la vida, de la pobreza del alma, de la falta de respeto y, por último, de la tontería vuelta de espaldas al mundo, pues nada hay más tonto que la inteligencia urbana carente de raíces”. El racionalismo, deduce Spengler, ha querido oponer al conocimiento tradicional unos dogmas y unos prejuicios, es decir que “no es, en el fondo, más que crítica, y el crítico es lo contrario del creador: analiza y sintetiza, pero la concepción y el nacimiento le son ajenos. Por eso su obra es artificial y mata cuando tropieza con la vida real. Todos estos sistemas y organizaciones —y aquí Spengler demuestra la inviabilidad del dogma racionalista— han nacido sobre el papel, metódicos y absurdos, y sólo en el papel valen”. ¿Cuál es, en la práctica, el resultado del racionalismo? Ante todo, la sustitución del valor cualitativo del hombre por el pseudovalor cuantitativo de la masa; el instinto gregario, atizado por el racionalismo, ha convertido al hombre “con raza” en el hombre desarraigado, en el hombre sin peso específico de las democracias: “(El racionalismo) No conoce respeto alguno. Sólo principios que proceden de teorías. Ante todo, el principio plebeyo de la igualdad, esto es, la sustitución de la odiada calidad por la cantidad y de la capacidad envidiada por el número. El nacionalismo moderno sustituye el pueblo por la masa”. En el orden natural, “Las verdaderas naciones son, como todo cuerpo viviente, de rica articulación interna, son ya, por su mera existencia, una especie de orden. Pero el racionalismo político entiende por “nación” la libertad “de” y la lucha contra todo orden. Nación equivale, para él, a masa amorfa y sin estructura, sin dueño ni finalidad.
A esto llama soberanía del pueblo”.
A partir de este demoledor, por certero, análisis del racionalismo, Spengler se identifica con el antiliberalismo de corte fascista y nacionalsocialista: “Lo más funesto es el ideal del gobierno del pueblo “por sí mismo”. Un pueblo no puede gobernarse a sí mismo, como tampo­co mandarse a sí mismo un ejército. Tiene que ser gobernado, y así lo quiere mientras posee instintos sanos. Pero lo que con ello se quiere decir es cosa muy distinta: el concepto de la representación popular desempeña inmediatamente el papel principal en cada uno de tales movimientos. Llegan gentes que se nombran a sí mismas como “representantes” del pueblo y se recomiendan como tales. Pero no quieren “servir al pueblo”; lo que quieren es servirse del pueblo para fines propios, más o menos sucios, entre los cuales la satisfacción de la vanidad es el más inocente. Combaten a los poderes de la tradición para ocupar su lugar. Combaten el orden del Estado porque impide su peculiar actividad. Combaten toda clase de autoridad porque no quieren ser responsables ante nadie y eluden por sí mismos toda responsabilidad. Ninguna Constitución contiene una instancia ante la que tengan que justificarse los partidos. Combaten, sobre todo, la forma de cultura del Estado, lentamente crecida y madurada, porque no la entrañan en sí... De este modo nace la “democracia” del siglo, que no es forma, sino ausencia de forma en todo sentido, como principio, y nacen el parlamentarismo como anarquía constitucional y la república como negación de toda clase de autoridad”. La democracia conduce inevitablemente y por propia esencia, al caos: “Tal es el interregno anarquista que hoy es llamado democracia y que desde la destrucción de la soberanía monárquica del Estado, y a través del racionalismo político plebeyo, conduce al cesarismo del porvenir, el cual comienza hoy a anunciarse quedamente con tendencias dictatoriales y está destinado a reinar sin límites sobre las ruinas de las tradiciones históricas”.
Dentro del mismo análisis, Spengler llega a la conclusión más terrible: el fundamento subversivo del liberalismo es común al marxismo, y; subsiguientemente, los resultados sociales son también comunes. “Todos los “derechos del pueblo”, engañosa lisonja racionalista lanzada por los de arriba, producto de su conciencia enferma y de su pensamiento incontinente, son luego reclamados abajo como evidentes por los “desheredados”, mas nunca para el pueblo, pues siempre fueron otorgados a quienes no habían pensado en exigirlos ni sabían qué hacer con ellos. Y realmente no debían ser otorgados al “pueblo”, pues no estaban destinados a él, sino a la hez de los que se llaman a sí mismo “representantes del pueblo” la cual forma entonces un mentidero de partidos radicales, que hace su profesión de la lucha contra los poderes estructuradores de la cultura y emancipa a la masa con el derecho a sufragio, la libertad de prensa y el terror. Nace así el nihilismo, el odio abisal del proletariado contra toda clase de formas superiores, contra la cultura como conjunto de las mismas y contra la sociedad como su sustrato y su resultado histórico... Esta es la tendencia del nihilismo: se piensa en educar a la masa llevándola a la altura de la cultura auténtica; ello es labor árdua y penosa, para la cual faltan quizá ciertas premisas. Por el contrario el edificio de la sociedad debe ser arrasado hasta el nivel de la plebe. Debe regir la igualdad general: todo debe ser igualmente ordinario... El bolchevismo tiene su casa en la Europa occidental, y ello precisamente desde que la concepción anglomaterialista que Voltaire y Roseau frecuentaron como alumnos estudiosos halló una expresión eficaz en el jacobinismo del continente. La democracia del siglo XIX es ya bolchevismo. El bolchevismo no nos amenaza ya, nos rige. Su igualdad es la equiparación del pueblo a la plebe, su libertad es la liberación de la cultura y de su sociedad”.
Spengler entiende que el marxismo es irreal en sus principios y que, sobre todo, no busca la redención del pueblo, sino que lo utiliza para sus fines de destrucción de la cultura: “El ideal de lucha de clases es la famosa subversión: no es la construcción de algo nuevo, sino la destrucción de lo existente. Es un fin sin porvenir. Es la voluntad de la nada. Los programas utópicos no tienen más razón de ser que el soborno de las masas. Lo único que se toma en serio es la finalidad de tal soborno, la creación de la clase, como elemento de combate, por medio de una desmoralización metódica. Nada aglutina más ni mejor que el odio”. “Nace así (con Marx) la división artificial de la “Humanidad” en productores y consumidores, la cual, entre las manos de los teorizantes de la lucha de clases, se convierte en la pérfida oposición de capitalistas y proletarios, burguesía y trabajadores, explotadores y explotados”.
En consecuencia, “El capitalismo y el socialismo tiene los mismos años, son íntimamente afines, han surgido de la misma manera de ver fas cosas y se hallan tarados con las mismas tendencias. El socialismo no es más que el capitalismo de la clase inferior”. La revolución liberal y la revolución marxista son, en definitiva, las dos caras de la “revolución de la vida”, en la definición del gran pensador, y nosotros agregaríamos: de la revolución contra la vida, contra la jerarquía natural y contra el pensamiento tradicional. “Esta revolución —manifiesta Spengler— no tiene en su trasfondo nada que ver con la “economía”. Es un largo período de descomposición de la vida total de toda una cultura, comprendida la cultura misma como cuerpo viviente”. Y la conclusión es que “el individuo, con su existencia privada, sigue la marcha de la totalidad”.
Mientras nuestra cultura va perdiendo fuerza, mientras nuestra raza va debilitándose no sólo espiritual, sino también cuantitativamente, pues ahora “la abundancia de hijos, señal primera de una raza sana, se hace molesta y ridícula”, en el exterior inmensas masas de color esperan para lanzarse sobre nosotros. Spengler advierte claramente el peligro que acecha al mundo ario, formado por la raza blanda e identificado con la cultura fáustica que ha ido engendrando mediante un largo proceso histórico. Ese mundo ha perdido, al llegar a la era de la decadencia, conciencia de sí mismo, mientras que el mundo de su entorno, de las razas fronterizas y marginales, va despertando de su largo letargo, tomando cuerpo y amenazando la existencia misma de Occidente: la revolución mundial de color, viene a explicar Spengler, “cruza la lucha “horizontal” entre los Estados y naciones, con la lucha vertical entre las clases dirigentes de los pueblos blancos y las demás, y al fondo ha comenzado ya la segunda parte, mucho más peligrosa, de esta revolución: el ataque contra los blancos en general por parte de la masa conjunta de la población de color de la Tierra, población que va lentamente adquiriendo conciencia de su comunidad”. Esta lucha, para Spengler, de las razas de color contra los blancos no es más que el último capítulo de la “lucha contra la clase dirigente y contra toda su tradición”, que había nacido con el racionalismo y llegado a sus primeras fases de desarrollo con el liberalismo y el socialismo marxista. Efectivamente, “La civilización occidental de nuestro siglo está amenazada no ya por una, sino por dos revoluciones mundiales de primera magnitud. Ninguna de ambas ha sido aún estimada en su verdadero alcance, profundidad y efectos. Una de ellas viene de abajo, y de fuera la otra: lucha de clases y lucha de razas”. Sin embargo, aclara Spengler, “la primera está ya en gran parte detrás de nosotros”, mientras que “la segunda no empezó decididamente hasta la guerra mundial, y va tomando, con gran rapidez, tendencia y figura. En los próximos decenios combatirán ambas lado a lado, quizá como aliadas, y ésta será la crisis más grave que los pueblos blancos hayan de atravesar en común —estén o no de acuerdo—, si quieren tener algún futuro”. La alternativa vislumbrada por Spengler cobraría forma más rápidamente de lo que él mismo pudiera pensar: la segunda guerra mundial, desencadenada tan sólo seis años después de que estas palabras vieran la luz, sería el signo que determinaría la alianza entre ambas revoluciones. Ya en el mismo contexto de la guerra, la lucha titánica del III Reich contra la Rusia soviética era, no sólo un ataque directo a la base estatal-revolucionaria de la lucha de clases, sino también el desesperado intento de Europa de detener el avance de la barbarie asiática por parte de la nación —Alemania misma— siempre fronteriza con Asia, y siempre destinada en la historia a ser el valladar de sus invasiones. En esta cuestión, Hitler y Spengler llegaron a manifestarse con idénticas palabras. Hitler, ya desde que escribió “Mein Kampf”, advertía que el verdadero enemigo se hallaba en Rusia, la Rusia asiatizada y bolchevizada que aspiraba a arrasar Europa siguiendo las huellas de Atila.
La post-guerra, con el fracaso de este intento, supuso para el mundo blanco entrar en un constante estado de civilización derrotada. La postguerra supuso también el fin del colonialismo. Los territorios que se habían ganado para la cultura merced a la acción civilizadora de las naciones arias, volvían a su anterior estado de primitividez e ‘independencia’. Y en esta subversión de la jerarquía natural, con esa rebelión del estrato inferior –las razas de color- contra el superior –la raza blanca- para pasar inmediatamente a una situación ofensiva contra ella, el comunismo jugó el papel esencial, en un doble aspecto, ideológico y político. El comunismo como ideología mundial igualitaria, que en su afán nihilista pretende rebajar a los elementos superiores a la ínfima categoría, y nunca elevar –puesto que, por otra parte, ello es imposible- a los inferiores al nivel de los superiores, es la fuerza moral de la que se han nutrido todos los ‘movimientos de liberación’, desde los independentistas argelinos hasta los grupos terroristas que han aniquilado a Rhodesia y Suráfrica. Pasando por los negros de USA o de cualquier otra nación occidental. Y en todos esos mismos casos, se han visto apoyados políticamente por las potencias anti arias del comunismo internacional: Rusia y China que les han proporcionado el material técnico, las armas, los instructores e incluso los hombres necesarios y en definitiva, todo cuanto les ha sido preciso.
Pero ya Spengler había previsto, con palabras proféticas, todo cuanto había de acontecer en la posteridad a él mismo. Ya entonces afirmaba: “Tiempo es ya de que el mundo blanco y Alemania en primer lugar recuerden estos hechos, pues detrás de las guerras mundiales y de la revolución mundial proletaria emerge el mayor de todos los peligros el peligro de color y todo cuanto de la ‘raza’ hay todavía en los pueblos blancos ha de ser necesario afrontarlo”.
Spengler, muerto en 1936, no pudo comprobar hasta que punto su teoría se convertía en realidad histórica. Pero el nacionalsocialismo asumió la tarea heroica y grandiosa de cubrir las directrices ya expuestas por el gran pensador, que al cabo eran las suyas propias. Hemos hallado, a través de las innumerables citas que de la doctrina spengleriana hemos hecho, a través de las evocaciones de su propia actuación política personal, una grandiosa e inesperada identificación con la ideología y el espíritu nacionalsocialista. Las diferencias son tan nimias que no merecen ser ocultadas.
Ciertamente, Spengler no confió en que pudiera asimilarse todo su sistema filosófico con una corriente política. No resistió en algunas ocasiones ser uno de esos intelectuales seducidos por la independencia, aislados en una torre de marfil, de la que sin embargo se redimió por el valor de su insobornable trinchera personal, y por el propio e incalculable valor de su aportación final a esa corriente.
Ciertamente, en algunos puntos, chocó con Rosenberg, que en “El mito del siglo XX” se mostró disconforme con su doctrina de la predestinación y la causalidad, según la cual el hombre fáustico está atado irrevocablemente a su sino, sin que nada pueda hacer para evitarlo. En un apartado dedicado a Spengler y titulado “Dic Prádestinationslehre und der Schicksalsbegriff: Spengler”, Rosenberg afirmada: “El no ve que las fuerzas racial-espirituales conformen el mundo, sino que crea esquemas abstractos a los que todos, con “fatalidad” estamos sujetos. Al fin y al cabo, su doctrina, expuesta brillantemente, niega el valor intrínseco de la raza y la personalidad; cada impulsó real, culturalmente productivo, del “corazón de los corazones” (“Herzens Herz”) de la mente de los hombres germánicos”. Pero la doctrina de Rosenberg, aun cuando sea totalmente ortodoxa en lo que se refiere a la cuestión racial, no contiene ésta en su integridad; es “una” doctrina de la raza, no “toda” ella. Y, por otra parte, su crítica de Spengler es la de un pensador —insuperable por demás— sobre otro de su misma tendencia histórico-cultural idealista; la de un sistema sobre otro paralelo. Luego, la crítica adolece de un cierto subjetivismo, como la de Nietzsche sobre Wagner. Es además una valoración de su misma época y dentro de su misma línea; carece por tanto de perspectiva e independencia. Perspectiva e independencia que han de nacer cuando, al discurrir el tiempo, se encuentran complementarias las interpretaciones polares del pensamiento tradicional de una época.
Y, en fín, ¿qué nacionalsocialista puede ser extraño a esa poética descripción de la fatalidad del destino humano, que exalta todo el heroismo de la raza, con que Spengler concluye su ensayo “El hombre y la técnica”? ¿Qué nacionalsocialista no se reconoce en ella? Con ella hemos querido también nosotros concluir estas líneas, porque ella rinde homenaje tanto a la doctrina de un gran pensador llamado Oswald Spengler, como al político genial que, ya sin lugar a dudas, identificamos como su protagonista: Adolf Hitler.
“Hemos nacido en este tiempo y debemos recorrer violentamente el camino hasta el final. No hay otro. Es nuestro deber permanecer sin esperanza, sin salvación en el puesto ya perdido. Permanecer como aquel soldado romano cuyo esqueleto se ha encontrado delante de una puerta en Pompeya, y que murió porque al estallar la erupción del Vesubio olvidáronse de licenciarlo. Eso es grandeza; eso es tener raza. Ese honroso final es lo único que no se le puede quitar al hombre”.


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